La economía pudo con la cultura. La
crisis bursátil de Bankia se ha comido casi todo el tiempo del Territorio a medias de esta semana. Sólo
hemos podido comentar –y rapidito– Contra la memoria, un estimulante y
polémico alegato del periodista norteamericano David Rieff (Debate) contra la memoria histórica.
Contra la memoria
Es un
libro polémico y el autor lo sabe porque ha pisado países ensangrentados por
culpa de conflictos cuyas raíces se hunden en un pasado más o menos remoto.
Además, abundan
los dirigentes políticos y religiosos que echan mano a todas sus armas
–dialécticas y militares– cuando se toca algo tan sacrosanto como lo que David Rieff llama memoria histórica colectiva, una mezcla de hechos históricos mitificados
y de mitos elevados a la categoría de hechos históricos.
“A esto se
reduce exactamente la esencia de la memoria histórica” –señala– “identificación
y proximidad psicológica en lugar de precisión histórica, y menos aún hondura
política”.
Contra la memoria, de David Rieff
(Debate), es un libro que alerta contra los riesgos de la manipulación de la
historia y el uso político de la memoria colectiva. Un uso que se da tanto en
la derecha como en la izquierda del espectro ideológico.
La mitificación
del pasado, sostiene el autor, suele convertirse con demasiada frecuencia en
una buena excusa para montar una degollina. Basta con darse una vuelta por los
Balcanes –donde le surgió la idea de este ensayo– para comprobar que no anda
muy desencaminado en algunas de sus apreciaciones.
Reúne
ejemplos legales y acciones políticas relacionadas con la memoria en países
como Estados Unidos, Gran Bretaña, Irlanda, Australia o Israel. Precisamente
sobre el papel del mito en la historia judía, cita a Yosef Hayim Yerushalmi,
profesor de historia judía en las universidades de Harvard y Columbia: “la
historiografía judía nunca puede sustituir a la memoria judía”.
A partir
de una meditación sobre por qué conmemoramos determinadas batallas, Rieff construye un alegato contra el
uso de la historia como creadora de mitos nacionales.
En
demasiadas ocasiones, dice, la llamada memoria histórica está más cerca de la
política contemporánea que de la historia.
A pesar de
eso, Rieff no se opone a toda la memoria histórica.
No le
inquieta, por ejemplo, la reivindicación del pasado cuando se basa en buenos
estudios académicos. Lo que le asusta es que se están imponiendo formas no
académicas, politizadas y mediatizadas.
La idea de
Nietzsche de que no hay hechos sino interpretaciones, tiene hoy muchos
seguidores.
En España,
Santos Juliá ha defendido tesis cercanas
a las de Rieff durante los debates
en torno a la Ley de la Memoria histórica. Juliá mantiene que la historia
intenta actuar desde la objetividad mientras la memoria es subjetiva.
Se esté o
no de acuerdo con Rieff, Contra
la memoria aporta una magnífica selección de citas, una buena lista de
textos que tratan sobre esta materia y una escritura cuidada que te mantiene
atado al libro.
Lo mejor
es que el autor es ecuánime en el reparto de responsabilidades. Todos los
protagonistas reciben lo suyo, con independencia de etnias, nacionalidades o
credos políticos y religiosos. Nadie está libre de culpa.
Lo menos
bueno es que un tema tan complejo –y tan atractivo– se merecía un
trabajo algo más extenso. Las 117 páginas del libro se me antojan pocas, y eso
le obliga a sintetizar en exceso y a no profundizar en algunas cuestiones.
De todos
modos, Contra la memoria resulta una lectura más que estimulante, de
esas que apetece discutir en buena compañía, con horas por delante y alguna
cosilla para picar.
David Rieff es
reportero del The New York Times y ha
sido enviado especial a países en los que, recientemente, la memoria y las
pistolas han ido de la mano: Oriente Medio, los Balcanes, Congo… la lista es, por
desgracia, demasiado larga.

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